El gótico siciliano no es una imagen única que se reconozca en cada iglesia. Fue una corriente capaz de perdurar largamente y de asumir formas diferentes en relación con los territorios y los contactos con otras áreas del Mediterráneo. Para comprenderlo conviene partir del período que precede y acompaña su afirmación. Después de la época de Federico II, se observa una mayor centralidad de las obras arquitectónicas promovidas por los linajes dominantes: palacios urbanos y castillos se convierten en testimonios del poder de las familias. En este contexto el nombre de los Chiaramonte identifica una fase de intensa labor de mecenazgo, no un motivo decorativo aislado.
El Steri de los Chiaramonte
El Palacio dello Steri en Palermo, iniciado en 1307 y símbolo del poder de los Chiaramonte, es un punto concreto por donde empezar. Un palacio de este tipo permite observar la arquitectura como declaración pública. La posición en la ciudad, la mole del edificio y el tratamiento de las aperturas expresan una autoridad civil y familiar. Era una sede de representación, además de una morada, y su aspecto debía comunicar el rango de la familia a quien atravesaba el espacio urbano. En las obras medievales sicilianas la calidad de un portal o de una ventana puede revelar vínculos con maestranzas y gustos que recorrían varias regiones. El Steri muestra por ello tanto la ambición de un linaje como la circulación de formas arquitectónicas en el Mediterráneo.
Durazzesco y catalán
Se distinguen dos corrientes del gótico siciliano: el durazzesco y el catalán. El durazzesco se reconoce también por los arcos rebajados y se difundió sobre todo en el área oriental de la isla. El catalán tuvo una presencia más amplia, con particular relieve en Palermo y con ejemplos en otras ciudades. La distinción es útil, pero no debe usarse como una etiqueta que se aplique a un edificio tras haber visto un solo arco. Los elementos arquitectónicos se combinan con la función del lugar y con las transformaciones posteriores. Una iglesia o un palacio pueden conservar una parte medieval y, junto a ella, intervenciones de un gusto mucho más tardío.
Una geografía amplia
La geografía de estos monumentos es amplia. Junto a Palermo aparecen los palacios de Ragusa y Modica, el convento de Santo Spirito en Caltanissetta, la iglesia de la Annunziata en Trapani y la de San Giorgio en Agrigento. Se recuerdan también el Palacio Corvaia en Taormina y el Palacio Bellomo en Siracusa. Esta lista muestra que el lenguaje gótico no estuvo reservado a una única función: podía dar forma a lugares religiosos, moradas y espacios del poder. Poner en relación dos ejemplos de tipo diverso es más instructivo que buscar una sucesión de fotografías similares. Un edificio religioso invita a observar el acceso y el espacio de la liturgia; un palacio hace emerger la relación entre representación y vida urbana.
Dos detalles ayudan a reconocer la variedad del gótico siciliano. En Siracusa, la escalera del Palacio Bellomo pertenece a la organización interna de una morada: conecta ambientes y acompaña el paso de un espacio a otro. En Erice, el portal de la iglesia Matriz señala en cambio un umbral público, donde el edificio religioso se abre hacia la calle. Ninguno de los dos elementos basta por sí solo para clasificar un monumento entero. Hace falta ver cómo se armoniza con las mamposterías, las aperturas y las fases posteriores. Acercar una escalera y un portal hace emerger también la diferencia entre arquitectura civil y religiosa: las formas góticas se usaron para tareas concretas, no como un repertorio decorativo siempre igual.
Arquitectos, maestros y cómo visitarlos
Entre los arquitectos destaca Matteo Carnelivari, a quien están ligados Santa Maria della Catena y el Palacio Aiutamicristo en Palermo. La comparación entre una iglesia y un palacio del mismo ambiente cultural ofrece una pregunta interesante: ¿qué soluciones cambian al cambiar la función y cuáles permanecen reconocibles? No hace falta atribuir a un solo autor cada rasgo de un edificio complejo para apreciar esta relación. Las obras citadas indican más bien que el tardo Medioevo siciliano disponía de proyectistas capaces de trabajar en programas diversos y de dar una forma precisa a las demandas de los comitentes.
Durante el período chiaramontano llegaron también maestros procedentes de la Toscana, el Lacio y la Campania. La presencia de estas personas ayuda a explicar por qué hablar de un estilo «siciliano» no significa imaginar una isla aislada. Ideas y técnicas llegaban de otros lugares, eran seleccionadas y adaptadas a edificios locales. Lo mismo vale para la relación con el área catalana, legible en el nombre de una de las corrientes. El resultado no es una copia de modelos externos, sino una serie de interpretaciones que adquieren sentido en el territorio en que fueron construidas.
Para visitar estos monumentos es útil adoptar un método de comparación. Se puede elegir Palermo como primer observatorio, con el Steri, Santa Maria della Catena y el Palacio Aiutamicristo, y luego desplazar la mirada hacia Taormina, Siracusa o Trapani. En cada lugar conviene separar tres niveles: la función originaria, las partes conservadas y las modificaciones sufridas. Esto evita considerar medieval todo lo que hoy se ve en un edificio histórico. El gótico siciliano aparece así como una larga temporada de experimentos y adaptaciones, entrelazada con la historia de las familias, de las ciudades y de los contactos mediterráneos. Su riqueza está en las diferencias entre los monumentos tanto como en los rasgos que los acercan.
Foto: Benjamín Núñez González · CC BY-SA 4.0 · Wikimedia Commons










































